El Cementerio de las Palabras

Hoy de nuevo cerraremos los ojos esperando con devoción una nueva noche ártica y del negro más puro -no como el de la oscuridad sino como el del ébano-. Así nuestros pulmones se anegan en un sueño, que envenena y que sana. Sueños de noches árticas, que envenenan y que sanan. (Cierra los ojos. Escucha en la oscuridad como resuenan las cajas de música. Inténtalas parar.) Nacho Vegas

martes, febrero 12, 2008

Segundo Aniversario




¡Oh, felicidades! Este mes se cumplen dos años de actividad de este patético reflejo de los pensamientos de éste que escribe. Como todo el mundo dirá cuando escribe cosas por el estilo: -Nunca me hubiese imaginado que durase tanto y mantuviese la actividad hasta ahora, que bonito… Pues no, que asco. Yo tengo que decir que sí que estaba seguro de que iba a continuar sobreviviendo a esta vida y sobretodo a este blog. Lo peor de todo es que me hubiese gustado más colaboración, que digo, sencillamente colaboración por parte de los 4 gatos que me leen (contados con los dedos de una mano). Ya sé que todo es bastante oscuro y que tardo en publicar cosas nuevas debido a largos momentos de inspiración improductiva. Es difícil trabajar, disfrutar de una intensa vida social y mantener esto (no todos somos malditos estudiantes de 20 años que se tiran todo el día colgados de Internet). Pero todo esto no es excusa para que a excepción hecha de un par de personajes habituales, todos los demás ni se dignen a decir: -¡Pero que malo que eres! ¡Clausura esta basura, tira la llave al fondo del mar y vete tú detrás! No, aquí la gente lee (si es que hay alguien más que lea) y se calla, no muestra ni un ápice de crítica. Ni para bien ni para mal. Fácil actitud, por otro lado. Lo mismo que me resulta fácil deciros: -¡Que os vayan dando mucho, mamomes! Pues sí, ha sido sencillo.
Y ya que no tengo a nadie con quien compartir esta bazofia, he decidido invitar a otro alter ego, para animarme conmigo mismo, cual esquizofrénico montándome un Club de la Lucha particular. Uno más metódico y pulcro a la hora de escribir y otro más cínico y directo a la hora de explicar cosas: el Señor Litros. Aunque, que más dará, no creo que os importe ni un comino lo que estoy poniendo aquí. Total, no hay nadie por ahí… ¿o si?
Habéis conseguido que me ponga realmente patético. Gracias. ¡Brindo por ello!

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sábado, mayo 19, 2007

Esplendor y Decadencia

Vuelvo a casa en bicicleta, por esta parte de la ciudad adormecida placidamente. Saboreo, vivo, recuerdo en cada pedaleo el encuentro de hace unos pocos minutos. Y el paladar se me torna un tanto agridulce o nostálgico o indeterminado. Sensaciones de acritud y resquemor que más tarde se me negarán. Frustraciones presentes desparramadas sobre el acero inoxidable de la mesa de una terraza. Ya no queda tiempo ni para beberse tranquilamente una maldita copa sin las prisas impuestas por un inminente cierre del local de turno. Y el humo del purito se desvanece por las fosas nasales en una torpe despedida, intentando recuperar un momento que algunos ansiamos revivir, aunque sea fugazmente, en un encuentro venidero, incierto o imposible.
Ya no existen las ilusiones porque producen un poco de asco. Dan como pereza y quedan en el aire como esa promesa de dos amigos, actualmente desconocidos, que proyectan su incomodidad en un: -Nos vemos pronto, sí. Conversaciones asépticas, sin fundamento –aunque por otro lado me pregunto si alguna vez las tuvieron- , que me temo que dejaré de recordar en el mismo momento en que cierre los ojos para intentar dormir bajo el manto de mi propia oscuridad.
Todos andamos por un camino de decadencia. Hace tiempo, casi sin darnos cuenta, dejamos atrás los maravillosos momentos de esplendor y ahora creo sentirme como un extraño deambulando por calles que no conozco. Buscando recuerdos y sensaciones lejanas, de malos recuerdos con buen sabor de boca.


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jueves, agosto 24, 2006

Vacío

Voy por el segundo día de trabajo, tras mis vacaciones. Conduzco por la Gran Vía, está prácticamente vacía, todo el mundo está fuera. Y me embarga una extraña tristeza, me da la impresión de que el verano ya ha terminado. Incluso noto cierto fresquito para ir solamente con una camiseta sobre la moto. Me imagino la gran avenida atestada de coches, ruido, colapsada y el frío del invierno cortándome con sus cuchillas invisibles en la cara, aunque me encuentro sólo cruzando este semáforo. Todavía queda más de un mes de buen tiempo, de lo que podríamos denominar “verano”, pero no sé, tengo como un vacío en mi interior.
Llevo todo el año esperando con ansias poder marcharme de vacaciones, romper un poco con la rutina semanal y ahora que he vuelto parece que todo haya terminado demasiado deprisa. Quizás se deba a una sensación de incompleto disfrute de este viaje estival: mucho tiempo perdido por casa, deambulando sin provecho de un lado a otro del pueblo, todo unido a una meteorología que nos ha sido desfavorable casi hasta el final y a una nula independencia por no poder llevar mi propio vehículo, que no me ha permitido poder disfrutar de las vacaciones tal y como yo deseaba, -aunque de todas formas me lo he pasado bastante bien y me ha dejado una puerta abierta para un próximo viaje-.
Pero lo que siento ahora no creo que esté directamente relacionado con este hecho. Más bien lo enfocaría en otra dirección, en la sensación producida cuando acabo de leer un buen libro o una película que me ha gustado lo suficiente para engancharme, queriendo más, viviendo el momento y de repente se acaba todo. Ya está, y el final ha sido bueno –o al menos interesante-, pero desearía no haber llegado nunca hasta allí y haber continuado perdiéndome en su historia, su desarrollo, inflando mi imaginación, mi fantasía, mi placer. Y entonces me queda un sabor de boca agridulce, de felicidad y pena, porque he disfrutado pero aunque tenga la oportunidad de releerlo o verla de nuevo, sé que nunca será igual que la primera vez.
Dentro de poco dejaré de oír el grito de las golondrinas surcando el aire y todo volverá a ser un poco más gris y los días desaparecerán por el horizonte, sin darme cuenta, pensando en un próximo verano.


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jueves, junio 01, 2006

In Memoriam


La desgracia se cierne sobre esta noche de Viernes negro mientras me deslumbran lenguas de fuego que devoran implacables a mi querido Caballo de Hierro.
Desde aquí maldigo a estos hijos de mala perra que le han arrebatado la vida de la forma más injusta y deshonrosa posible. Allí tirado en el suelo, humillado a traición mientras observo estupefacto como de entre los hierros retorcidos de dolor se esfuma su último aliento de vida en forma de jirones de humo negro que se pierden en el aire cargado de hollín.
Incapaz fue la actuación de los bomberos para sofocar el sufrimiento. Apenas pudo durar 20 minutos, mas fue suficiente para poder condenar a estos bastardos al más terrible de los fuegos del infierno y a una desgracia eterna sobre su alma, si es que no carecen ya de ella y caminan en el limbo de la miseria.
Mil mimos otorgados y mil agradecimientos recibidos en forma de fidelidad, pasión y orgullo que estos desgraciados jamás podrán comprender porque jamás entenderán lo que significa el respeto hacia los demás y la belleza de las cosas.
Un último adiós, una última mirada triste de impotencia mientras mis ojos se llenan de agradables recuerdos en su memoria. Ojalá nadie os trunque vuestras ilusiones como lo hicieron conmigo.
Desde estas líneas dejo un homenaje al recuerdo de mi sueño de hierro, mi Caballo de Hierro.


P.S.: Ya han pasado tres semanas y parece que todavía no me lo creo…

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domingo, mayo 21, 2006

El Último Viaje de Das Boot


El aire se llena de una densa sensación de tristeza mientras observo el infinito mar que se pierde en el horizonte aquí, sentado en el andén de una estación de tren. Enfrente, una juventud perdida en vicios monta alboroto ajena a mi pequeño drama personal.
La nave arrancó a la primera, tal y como últimamente me obsequiaba. Tras unos viajes a mi ritmo de pedal, el poderoso corazón de la máquina que se mantenía en pseudo letargo por fin comenzaba a despertar ante mis exigencias. Nada más dirigirla por vez primera pude advertir en seguida que tenía un gran potencial, ese empuje que tanto me gusta de los motores a gasolina, de la vieja escuela.
Un par de días antes la había vaciado de todos los enseres personales y dejaba el resto a punto para la minuciosa inspección del posible nuevo propietario, a la vez que se me escapaba algún suspiro melancólico.
El día amaneció triste, gris y húmedo, como si presagiara un momento aciago. Ya por la tarde, el sol lució fuertemente intentando calentar mi corazón, dándome ánimos para la última travesía con Das Boot. El último viaje a buen ritmo, llevando el motor en la zona que más a gusto se encuentra. Adelantando con asombro de terceros, a máquinas más poderosas pero no por ello más llenas de orgullo que la mía. Hasta que llegamos al puerto de transición. Un definitivo repaso, detalles con el patrón del puerto y un adiós.
Ahora que me voy alejando de ella, el ambiente no ha podido aguantar más y la luz de mí alrededor va decreciendo a medida que se tapa el cielo con unas oscuras nubes que descienden de las montañas. Todo va quedando negro, como mis ilusiones de futuras aventuras con ella y una pena embarga mi alma.
No sé cuanto tiempo permanecerá varada a la espera de un nuevo capitán. Espero que poco, es una lástima que grandes naves como esta se pierdan maravillosos viajes en el horizonte.
Ahora, yo me quedo en tierra y pateo una piedra con el ánimo decaído por las circunstancias.

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