El Cementerio de las Palabras

Hoy de nuevo cerraremos los ojos esperando con devoción una nueva noche ártica y del negro más puro -no como el de la oscuridad sino como el del ébano-. Así nuestros pulmones se anegan en un sueño, que envenena y que sana. Sueños de noches árticas, que envenenan y que sanan. (Cierra los ojos. Escucha en la oscuridad como resuenan las cajas de música. Inténtalas parar.) Nacho Vegas

viernes, noviembre 02, 2007

Cajas de Música Difíciles de Parar

Me despierto de nuevo en esta habitación, en la penumbra, sin poder moverme. Ejecuto órdenes precisas a mis miembros pero estos no responden. Doy una bocanada de aire larga y profunda mientras cierro los ojos muy lentamente, intentando recordar algo. Y en esa negritud en la que me sumo comienzo a sentir cosas, a ver cosas del pasado.
De ese día de Febrero de 1952 en el que me encontraba en aquella misión suicida, en plena Guerra Fría. El peor invierno de hacía muchos años según las estadísticas. Las malditas estadísticas que hicieron que murieran todos mis compañeros en aquella base ártica, tan alejados de todo, tan alejados de nadie, perdidos de la mano de Dios. Los fuimos enterrando uno a uno, atacados por unas fiebres altísimas que los hacían caer en un delirio demencial y violento. Hasta que yo fui el último que quedaba vivo para poder excavar un agujero en aquel helado suelo. Sin comunicación, sin prácticamente víveres ya y totalmente desesperanzado opté marcharme a buscar mi destino en aquella eterna noche ártica.
Decidí deambular a mi suerte. Prefería morir en aquel desierto blanco antes de hacerlo en la base, como si estuviera esperando en un corredor de la muerte mi seguro final. Y así anduve decenas de millas sin ver nada en el horizonte, sólo el reflejo hipnótico de ese negro tan puro sobre la capa de hielo que crujía bajo mis botas, pues el único sonido que acompañaba a mi desolada alma era el crepitar de mis pasos. Cuando paraba de andar agotado y mi respiración conseguía estabilizarse, prestaba atención a posibles sonidos pero no oía nada, absolutamente nada. Allí no había nada más que muerte y desesperación.
Hasta que en una de mis paradas por el extenuante cansancio, cada vez más acuciante, percibí un sonido perdido en algún lugar remoto. Era como música. Pensé que mis sentidos comenzaban a fallarme y preveía cercano mi fin. Pero no, agucé la vista y creí ver a lo lejos un bulto que sobresalía de la estéril plenitud del infinito. Corrí como un loco desesperado hacía allí, sin saber que demonios podía ser, acaso una duna de nieve creada por el gélido viento.
Y allí encontré a aquel viejo, con una sonrisa dibujada en su rostro. La muerte producida por el frío tiene esa macabra bienvenida. Se encontraba intacto, como si aún albergara vida y calor en su cuerpo, sentado con las manos en su regazo protegiendo algo de la intemperie. Portaba un extraño atuendo, como si se tratara de un antiguo explorador de los polos de principios de siglo. Todo estaba fuera de lugar. Por fin en mis oídos dejó de bombear con fuerza la sangre espesada de mis venas, tras la carrera frenética. Ahora conseguí escuchar con plenitud esa delicada melodía que brotaba de las manos de aquel extraño personaje. Me asomé y pude ver una diminuta cajita de música, con una bailarina que no paraba de dar vueltas y vueltas y vueltas Entonces fue cuando oí aquel horrible lamento rasgando el helado aire: Teke Li-Li… Teke Li-Li…

Después de tanto tiempo sólo, pude ver por fin a seres de mi especie, hombres como yo aunque ataviados con extraños uniformes y máscaras en sus rostros que me impedían ver sus ojos. Dos de ellos me sujetaban con fuerza. Yo sonreía feliz por volver a ver de nuevo a personas y no comprendía porque me apuntaban con lo que parecían armas de fuego mientras me preguntaban insistentemente porqué lo había hecho. ¿Pero, hacer qué? Y cuando pude girarme para poder ver a donde me señalaban, observé horrorizado que nuestra base había sido presa de una terrible batalla imprimiendo una dantesca escena en mis retinas. Escenas de sangre seca por todas partes y los cadáveres desmembrados, mutilados, aplastados de mis compañeros, congelados por ese maldito frío de las eternas noches árticas.
La visión de aquello me produjo unas náuseas que no pude contener y la luz se acabó fundiendo en negro, en el negro más puro y pude escuchar con complacencia aquella delicada melodía que surgía de la caja de música con su esbelta bailarina que no cesaba de dar vueltas al son de la partitura. Aquella música que no paraba de sonar en mi cabeza, en lo más negro de mi alma, sí.

-Enfermera, rápido, prepare otra dosis del calmante. El anciano desconocido ha vuelto a tener otro ataque violento y está intentando arrancar las correas de sujeción. Por Dios, dese prisa, otra vez está emitiendo ese angustiante sonido...

Teke Li-Li… Teke Li-Li…

Relato basado en la canción de Nacho Vegas, "Noches Árticas" y que sirve como pequeño homenaje al gran escritor de horrores cósmicos, H. P. Lovecraft.

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